A mi abuela.

Cuando la chiquilla cogía un berrinche no había Dios que la callara. Ahí estaba lloriquiando desde hacía media hora haciendo que la madre se cagara viva por las patas pa’ abajo. Hay que ver los nervios que cogía por la babieca, que tenía ya la galleta toda deshecha en el vaso de leche y un trozo cayéndole por la barbilla del llanto.

— Tostaricaaaaaaaaaaaaaaaaa. Decía entre saliva y pedacitos de galleta deschamizada.

La niñita había merendado en casa de la amiga y había probado las galletas esas y entonces supo que su mamá no compraba de las originales. En realidad, hasta ahora le había dado igual, pero se percató de que Gallerica no era lo mismo que Tostarica por una cosa: las Tostarica tenían dibujitos de las Winx y no unos coches feos que jamás había visto por la tele. Ella quería comerse a Tecna, Flora, Musa, Bloom, Stella, Roxy y Layla. Coger un puñado de siete galletas y comérselas a todas juntas. Después de aquella merienda ya no le bastaba con ver la serie, quería llevar a todas dentro.

— Tostaricaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. ¿Cómo explicarle a una niña que su familia es pobre?

Tostaricaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. A Carmele le estaban dando ganas de estamparla contra el piso. Trataba de explicar, de convencerla, pero no había manera de que la chiquilla se callara. Los niños no aceptan la lógica del dinero porque constriñe su pensamiento mágico. Dijera lo que dijera, pensaría que su madre actuaba con mala fe. Harta de aquello, atinó a decirle:

— No hay tostarica. Lo que hay es tostamierda.

Casi que milagrosamente la niña entendió y se tragó al fin la masa de galleta. Había comprendido la contundencia del mensaje. Carmele supo entonces que las palabrotas servían de algo, que eran capaces de mostrar lo brusco del orden de las cosas. Por eso los más pudientes no cometían excesos en el lenguaje, las cosas para ellos no eran ásperas sino que estaban hechas a medida.

¿Por qué llamar al alimento del pobre parecido al alimento que no puede permitirse comprar? Parecía que si no te llegaba para comprar Tostarica pero comprabas Gallerica podías conformarte, eras del primer mundo. Sin embargo, si se llamara Tostamierda, uno podría ver la injusticia. A los pobres les llaman malhablados porque no resulta agradable que el lenguaje muestre lo violento que es vivir sin un duro.

Carmele fue la primera que empezó a llamar la comida de pobres por su nombre.

Las tostamierda fue su última ocurrencia, pero ya antes había rebautizado otros alimentos. Al chorizo triturado con el que hacían los bocadillos lo vendían bajo el nombre de ‘fuetito’, a pesar de que comerse aquello no era lo mismo — ni parecido — que comer fuet. Esas diferencias no se le escapaban a Carmele. Un día mientras preparaba la merienda se le ocurrió llamarlo chorizo perro. A la familia le hizo tanta gracia que no volvieron a llamarlo fuetito.

Y lo mismo con el potaje que hacía a lo rápido con los ingredientes que quedaban en la nevera a fin de mes.

— ¿Qué hay de comer hoy? Preguntó la chiquilla.

— Caldo putas.

Entonces la niña sabía qué iba a echarse a la boca, no se sentía estafada.

Y así, poco a poco, empezó a escucharse en todos los barrios y pueblos de Canarias: las tostamierda en el desayuno, el caldo putas en el almuerzo y el chorizo perro en la merienda.

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